Adagietto (Mahler) - Live - mp3

lunes, 24 de septiembre de 2007

Hola Hello





Luego del recital se ofreció un cóctel. Los invitados de más edad se fueron a sus casas a dormir. Y algunos más jóvenes también, más bien la mayoría de ellos. Pero se quedaron uno que otro. Pero de forma extraña la sala se empezó a llenar, y con gente que no estaba antes. Colados. Los cinco sentidos aún estaban alertas, el alcohol no fue tocado aún. Los dedos permanecían engrifados ocultos en los bolsillos de la chaqueta. Alguien se me acercó y me comentó algo que no pude entender. Esta persona luego se retiró, con su mosca en la cara, pálido. Sus consejos no habían llegado a puerto. No había música. En mi mente se repetían las percusiones electrónicas de un tema en el que estuve trabajando la noche anterior. Increíble.

Increíble. Pero la sala estaba irreconocible. ¿Dónde estaban mis compañeros de esa aventura? Lo hiciste bien, me gustó, fue un comentario que me lanzaron. No a viva voz pero cortésmente a mi cara. No había doble estándar. A pesar de encontrarnos en el medio de la capital los automóviles no hicieron su entrada por la puerta principal. No habían motos tampoco. No había una escopeta con la cual dispararle a los cadáveres vestidos de negro que suelen conducir esas maravillas que producen ruido y despiertan a los agentes mentales que sucumbimos cada noche a la tentación de volar sobre las nubes para caer sobre los techos de las casas. Y luego proceder a escondernos en las camas de las doncellas bienintencionadas. ¿Dónde estaban los compañeros?

Algunos se escapaban al baño. Solos o solas. Acompañados o acompañadas. Ninguno se demoraba menos de ocho minutos. Mi reloj biológico nunca mentía. Pero era inexacto.

Hasta que la velada transcurrió veloz. Ansiosa. Mi pecho se calentaba. El vino tinto no era de la clase despreciable. Era un vino en botella, seleccionado por una de las personas que conocía de vinos. No era alguien que duerme en la calle y seduce australianos/as a la vuelta de la esquina y se agarran de sus muslos, de sus bolsillos, de sus billeteras. Linda raza la que se despega de la piel de los canes. Todo el piso saltaba. Pero no estábamos sobre la placa de Nazca. La visión no era áerea. Pero las nubes no habían sido invitadas. Se me pasó por la mente tomar la mano de una de las aventureras y llevarla a conversar debajo del piano de media cola. Pero la verdad es que si bien no estaba ebrio mi mano podía agarrar la de cualquiera de las asistentes, incluso la de aquella que presentaba tanta edad como Sarita Vásquez, la ex-señora de...

Bonita camisa, qué hay debajo ? Miré a la que pronunciaba tan inusuales palabras. Era una de las aventureras. Pero mis rodillas me jalaban al suelo. No respondi nada en realidad. Creo que tampoco pensaba. Aunque días previos, mejor dicho semanas atrás, la imaginé desnuda mirándome a los ojos. Este no era mi momento de brillo.

Mucha gente aún y ninguna nube me lanzaba la cuerda para irme. Pero de pronto vi a alguien que estaba en un rincón. Se trataba de la prima del Rafa. Sí, yo la había conocido tiempo atrás. Me sorprendió mucho su presencia. Creo que alguien la invitó por error y no fui yo. La acompañaba un perro Kaiser, raza bastarda que presenta deficiencias en la masa gris. Mis rodillas ahora me jalaban hacia esta mujer. El vino era demasiado bueno como para aturdirme. Sus taninos eran inolvidables, y tenía un cuerpo persistente. Con aromas de flores. Me le acerqué y la saludé, y algo más le dije; algo respondió ella como mirando hacia una ventana inexistente. Justo detrás de su trasero pálido había una torta pálida. Agarré un pedazo con mi mano extendida y la estrellé contra la cara de la prima del Rafa. Inmediatamente el perro Kaiser se me tiró y yo con gran ayuda de mis pulmones pude zafarme de sus pezuñas. Acto seguido unos catorce aventureros se abalanzaron sobre el perro Kaiser, despedazándolo y colocando sus pedazos (cuidadosamente descuerados) sobre una parrilla apoyada sobre el piano. Las aventureras hicieron algo parecido con la existencia de la prima del Rafa.

Sali a la calle para acompañar a alguien que quería fumar. Una cuerda bajó hasta mis narices. La agarré con mis manos. Hasta luego amigo, Hasta luego habibi.

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